Opinión

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¿Por qué el Perú giró a la izquierda? División del voto y recuerdos amargos de Alberto Fujimori le dieron la victoria a la izquierda.
Maxwel Cameron y Fabiola Bazo
12 de junio de 2011.

¿Qué puede explicar la elección de un candidato nacionalista, de izquierda y anti-sistema en un país que ha tenido extraordinarias tasas de crecimiento económico y reducción significativa de la pobreza durante la mayor parte de la década pasada?

En primer lugar, la explicación radica en la incapacidad de los candidatos de centro-derecha de coordinar sus estrategias en torno a un solo líder. Si la derecha democrática evitaba dividir su voto entre el ex-presidente Alejandro Toledo (2001-2006) y su primer ministro y ministro de Economía, Pedro Pablo Kuczynski, el resultado podría haber sido un presidente pro-sistema de libre mercado y con un mandato fuerte.

En una segunda vuelta, Toledo, probablemente habría ganado cómodamente contra cualquier oponente, ya sea Ollanta Humala o Keiko Fujimori. En términos técnicos, era “el ganador de Condorcet”.

La división de la centro-derecha en la primera ronda del 10 de abril abrió las puertas a una segunda vuelta entre dos candidatos extremistas. Quienes, lógicamente, tenían que competir por los votos del centro. Humala moderó su imagen y abandonó la retórica bolivariana de su campaña del 2006, y en su lugar alineó su postura a la de un apóstol del exitoso ex-presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.


Su conversión a la moderación y respetabilidad democrática fueron difíciles de vender. Muchos votantes recordaron que Humala dirigió un levantamiento militar en el 2000, durante los últimos días del gobierno de Alberto Fujimori, y que más tarde ofreció su apoyo retórico a una rebelión fracasada en Andahuaylas encabezada por su hermano, Antauro, en el 2005. Su propio récord como un soldado en el conflicto armado interno de la década de 1990 sugirió posibles abusos de derechos humanos.

Su competidora también tuvo que elaborar un discurso igualmente difícil de vender. Keiko Fujimori trató de sacudirse la imagen de que sólo buscaba el poder para liberar a su padre, Alberto, quien actualmente cumple una pena de 25 años de prisión por delitos de derechos humanos y corrupción durante su mandato, entre 1990 y 2000.

Ella afirmó, sin mucha persuasión, que no perdonaría a su padre. Peor aún, su campaña suscitó recuerdos del estilo autocrático y corrupto de su padre, ya que su comitiva incluía a muchos miembros de su gobierno. Se entregaron alimentos a cambio de apoyo, y se permitió ostensiblemente que las operaciones de la campaña se dirigieran desde la cárcel donde se encuentra su padre.
Hubo rumores de que Alan García, el presidente en ejercicio, puso a su disposición operaciones de inteligencia, como lo hizo en 1990 cuando Alberto Fujimori fue elegido por primera vez. En los últimos días de la campaña un vendedor por teléfono, haciéndose pasar como parte de la campaña de Humala, corrió rumores de que Humala expulsaría a los chilenos del Perú, maltrataría a los inversionistas, y que estaba siendo apoyado por el presidente venezolano Hugo Chávez.

A medida que la fecha de la elección se acercaba, se realizaron protestas multitudinarias en contra de Keiko Fujimori que sirvieron para recordar a los peruanos los abusos de derechos humanos - incluyendo los programas masivos de esterilización de mujeres sin su consentimiento - del gobierno de su padre.


Al final, el resultado de la elección fue una repetición del 2006, salvo que Humala resultó ganador por un estrecho margen. Como en el 2006, Humala ganó por un margen considerable en las zonas rurales, especialmente la sierra sur donde los electores indígenas y campesinos peruanos expresaron una vez más su deseo de cambio. Ollanta Humala trabajó arduamente para ganar votos en Lima y la costa, donde la prosperidad se ha cosechado con más rapidez; pero aun así fue superado por Fujimori por un margen de 3 a 2.

Para algunos observadores, la idea de una victoria de Humala en el 2011 era inconcebible. Se pensaba que si perdió en el 2006, seguramente tendría mayor dificultad para ganar votos después de cinco años de crecimiento económico. Fue precisamente este exceso de confianza lo que llevó a la centro-derecha a no unirse presentado un candidato único de mayor atractivo. Por otra parte, también es cierto que después de cinco años de crecimiento, la prosperidad se mantuvo distribuida de manera desigual y muy concentrada en Lima y la costa.


Durante años, los científicos sociales han insistido en que la democracia peruana necesita partidos políticos fuertes, y que su economía de mercado, modelo impulsado por las exportaciones, necesita ser más inclusiva. Estos argumentos han sido tomados frecuentemente con bostezos complacientes y desaires petulantes. "El Perú nunca ha tenido partidos fuertes", dijeron unos. "La modernidad se lograra con crecimiento y la prosperidad chorreara con el tiempo," dijeron otros.

Como resultado, los peruanos han elegido un candidato anti-sistema que no tiene la organización partidaria, con 46 escaños en un parlamento de 130 asientos y un mandato popular muy débil. Candidato que regirá en un clima de hostilidad por parte de los medios de comunicación, los empresarios, y gran parte de la clase política. Sin embargo, el presidente electo ha generado expectativas entre sus seguidores y tendrá que entregar resultados.

Humala haría bien en seguir el modelo de Lula como lo ha prometido. Se deben proporcionar garantías a los inversionistas y esto no se opone a la renegociación de contratos con mutuo acuerdo; de hecho, varios contratos negociados en la década de 1990 pronto se vencerán y tendrán que ser renovados. También debe centrar gran parte de su energía en la disminución de la pobreza en las zonas olvidadas por las administraciones anteriores.

Humala debe hacer de las reformas políticas una prioridad, pero sin medidas substanciales como reescribir la constitución. Las reformas más urgentes, no requieren cambios constitucionales sino una modernización del sistema judicial y del sistema penal donde imperan la corrupción e ineficiencia.
En cuanto sea posible, Humala debe erradicar la mala conducta en la administración pública. El tráfico de drogas se ha convertido en un problema importante en el Perú, y ha comenzado a penetrar los más altos niveles del poder.

Finalmente, Humala puede encaminar el Perú con el resto de la subregión andina mediante la adopción de innovaciones participativas como referendos, iniciativas ciudadanas, consejos comunales, y consultas políticas. El presupuesto participativo ya se practica en municipios en todo el Perú. Las consultas con los pueblos indígenas deben ser utilizadas rutinariamente para lidiar con la extracción de recursos en tierras ancestrales.

Todo esto puede hacerse dentro del marco democrático con pleno respeto de los preceptos constitucionales básicos y el imperio de la ley. En el fondo, el tema más importante es si Humala podrá cumplir con las expectativas generadas.

*La Asociación Civil POLITAI agradece a Maxwell Cameron (Universidad de British Columbia) y Fabiola Bazo por publicar su articulo en este medio. La Asociación no comparte necesariamente las opiniones de los autores.
*Este análisis fue publicado originalmente en inglés en la revista The Mark
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