Opinión

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Comentarios para la presentación de la quinta revista Politai
Paolo Sosa Villagarcía
12 de junio de 2012.

Quisiera empezar felicitando el trabajo y el esfuerzo de nuestros investigadores, estudiantes y egresados de la especialidad de Ciencia Política de esta casa de estudios, por presentarnos un trabajo de calidad y muy pertinente para el debate sobre las perspectivas internacionales en la región sudamericana. Quiero felicitar con nombre propio a Jeniffer Pérez, Lucía Mercado, Óscar Vega y Bernardo García por haber concretado este proyecto que hoy tenemos publicado en la quinta revista Politai.

Pasemos entonces, como se me ha encargado, a revisar lo que nos proponen estos autores. El artículo, titulado “Una visión del balance de poder sudamericano: seguridad regional, tensiones e integración en el Siglo XXI” propone la revisión del escenario de estabilidad sudamericana en los últimos años en comparación a momentos anteriores. Siguiendo a Abraham Lowenthal, se plantea la concentración en el caso sudamericano antes que el latinoamericano por las diferencias considerables que supone Centroamérica para la comprensión de las relaciones internacionales de la región. En base a ello, una idea principal que se desprende del texto es la evolución del panorama de relaciones entre Estados en Sudamérica con respecto a la seguridad y estabilidad de la región.

En pocas palabras, las alineaciones ideológicas serían reemplazadas tras la caída del muro de Berlín por condiciones económicas generalmente ligadas a la liberalización de las economías sudamericanas y su relación con el Consenso de Washington generando un ambiente de estabilidad basada en un interés en la integración regional. Sin embargo, el nuevo milenio devolvería la preponderancia de las relaciones políticas para la estabilidad regional con el surgimiento de tres ejes aparentemente disímiles y que podrían considerarse (especialmente desde la perspectiva menos académica pero más mediática) como nuevas alianzas regionales. ¿Cuáles serían estos ejes? Básicamente estamos hablando de los ejes formados en torno a Washington, Caracas y Brasilia.

Entonces la pregunta fundamental es ¿Es cierto que esta nueva configuración de “alianzas” marcó un quiebre en la estabilidad y seguridad de la región? Habría que fijarse, recomiendan los autores, en el balance de poderes, siguiendo además una perspectiva analítica basada en el realismo clásico. Es sus palabras, hay que tomar en cuenta que los intereses de los Estados son mutables y que eligen sus políticas basándose en sus recursos y ambiciones. Cito textualmente:

“En principio, para el realismo las relaciones entre países se dan dentro de un sistema internacional de Estado anárquico, donde lo único que contiene la barbarie es el balance de poder o equilibrio de poderes. Este equilibrio se ve reflejado en coaliciones o alianzas que conviven con cierta concordancia sobre un orden internacional específico. Este orden legítimo es aquel en el que todos los Estados están de acuerdo en cuanto a ciertas formas y límites de su accionar, es así que, la diplomacia es un importante medio para la solución de conflictos. No obstante, cuando estas coaliciones entran en conflicto sobre su visión del ordenamiento regional, se experimenta un proceso de competencia y tensión cómo es el caso del aumento de la intensidad en la disputa de liderazgo que enfrentaron el eje Washington, el eje Brasilia y el eje Caracas durante la primera década del siglo XXI.”

Sin embargo, habría que tener en cuenta que el desarrollo de estos ejes no es similar, ni mucho menos la existencia de una coherencia entre sus miembros. De hecho, se resalta que existe una diferencia diametral entre el eje Caracas y el eje Washington; mientras que el primero tiene una unidad de tipo ideológica y emocional con fines imprecisos y sin intereses concretos, el segundo presenta una relación fuerte basada en intereses económicos revestidos de vínculos ideológicos y culturales. Hay que precisar que no se puede reducir el funcionamiento de las alianzas regionales a su relación Estados Unidos, pero tenemos que aceptar que el conflicto con este país genera divisiones importantes en Sudamérica. En adelante el proceso de integración iniciado en la década de los noventa tendrá que enfrentar no solamente con problema nacionales (como las crisis económicas en el caso de Mercosur), sino también con nuevos ordenamientos ideológicos.

Pero ¿de qué estamos hablando exactamente cuando hablamos de estos ejes? Los autores nos acercan algunas características de los mismos.

El eje Washington está formado con países que no han roto con las relaciones que se desarrollan desde los noventa, fundamentalmente el caso de Perú y Colombia. Después del 11 de septiembre, Colombia se tornó especialmente importante por la presencia  de las Farc y el ELN, con lo que se produce un apoyo militar que terminará incrementando la politización con relación al vecino país de Venezuela. Con respecto a la economía, se continúa con un modelo de libre comercio que incluye la firma de acuerdos bilaterales con Estados Unidos, situación que mina las relaciones dentro de la CAN con Bolivia y que genera la renuncia de Venezuela.

El eje Caracas tiene, por muy caricaturizado que suene, un discurso más bien antiimperialista, de corte “socialista” pero sobre todo anti-neoliberal. Sin embargo no todos los países de orientaciones izquierdistas o parte del “giro a la izquierda latinoamericano” son parte de este grupo. Para los autores hay una serie de diferencias institucionales dentro de estos países que separa una línea entre Bolivia, Argentina, Ecuador, Nicaragua y Paraguay de países como Chile –en el periodo de la Concertación-, Brasil o Uruguay. Personalmente considero que esta división es particularmente problemática y podría recibir duras críticas desde perspectivas más ligadas a la política comparada, pero considero que a lo largo del trabajo empieza a sedimentarse la idea de mejor manera, por lo que dejo a vuestra lectura el considerar si es posible tal crítica.

En este sentido, el Alba se constituye (por oposición al Alca) como el referente principal por su constante actividad (16 sesiones en los últimos 7 años) donde se refuerza la participación de los países más notables: Ecuador y Bolivia. Sin embargo existen trabas importantes para este esfuerzo empezando por la característica no vinculante de sus decisiones, así como la propia incoherencia de sus miembros en términos económicos, especialmente con la negociación del petróleo y las finanzas internacionales.

Finalmente, el eje Brasilia no es sino la expresión de la intención de Brasil de consolidarse como líder del hemisferio sur tras la crisis mexicana y la realineación de la política norteamericana con respecto a Sudamérica. Es así que se ha tonificado su rol diplomático y de cooperación intergubernamental reforzando también el protagonismo de sus actores políticos y económicos, siendo el principal propulsor de Unasur. Sin embargo, Brasil también enfrenta problemas considerables para consolidarse como líder de la región en primer lugar por la barrera cultural y la desconfianza que genera su dimensión con respecto a los demás países; y en segundo lugar por las tensiones que se constituyen en lógicas de tira y afloja  con Estados Unidos (como sus posiciones respecto al programa nuclear iraní o el plan Colombia).

En suma, esta situación de inconsistencias y debilidad de los ejes merma la configuración de liderazgos regionales. Más aún si vemos el voluntarismo de gobiernos como el de Hugo Chávez, en el que se sostiene todo un eje, que se ve amenazado por la propia inestabilidad de su gobierno, asediado entre la enfermedad y una creciente oposición con miras a las elecciones. Lo mismo con respecto al debilitamiento de la tención de Estados Unidos en la región (que de por sí ya es muy baja) por la resolución de sus propios problemas con respecto a la crisis económica, sus propias elecciones, etc. El balance general es poco optimista, si lo que uno quisiera es observar un escenario conflictivo, ya que a pesar de todo este retorno a divisiones políticas la situación no ha cambiado demasiado en las últimas décadas. Militarmente Brasil estando muy por encima, seguido por Chile y Colombia, así como económicamente el desarrollo no se ha alterado significativamente teniendo al mismo país a la cabeza junto a Venezuela, Argentina y otros.

Incluso, para terminar de asesinar estas inquietudes conflictivas, aún en los momentos más “dramáticos” solo hemos tenido impasses diplomáticos sin escalamiento de conflicto. Si el periodismo especializado auguraba enfrentamientos ideológicos irreconciliables, todo parece indicar que por ahí no va la cosa. Sin embargo, esta región no es poco problemática, tenemos problemas menos discursivos y más tangibles que generan amenazas reales que deben ser atendidas para mantener la estabilidad de la región, y con esto los invito a revisar los demás artículos de la revista, especialmente aquellos que tocan temas de crimen organizado y narcotráfico. Ahí radica uno de los aportes, para mí, más importantes de este trabajo: hay que ver los escenarios de tensión menos mediáticos y, lamentablemente, más cotidianos pero que son amenazas sistemáticas que deben verse desde la perspectiva internacional. 

 * La Asociación Civil Politai agradece a Paolo Sosa (Estudiante de Ciencia Política y Gobierno de la PUCP) por publicar su comentario en este medio. La Asociación no comparte necesariamente las opiniones del autor.



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