Opinión

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Tan cerca. Tan lejos. Los avances de una negociación climática
Ivan Lanegra
13 de diciembre de 2014

Después de mucho tiempo, un moderado optimismo ha sido el signo dominante de una Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Para los veteranos de una de las arenas de negociación más complejas en la actualidad, el ambiente positivo es, no obstante, precario. Al menos hasta ahora.

Las expectativas al iniciar la COP 20 no eran muy altas. Finalmente Lima es solo la antesala a París, la sede del eventual acuerdo. Aun un estupendo resultado –en el marco de lo previsto antes de su realización– no asegura por sí solo el éxito en Francia. Pero una decisión que contenga avances sustantivos aumentará las oportunidades de un acuerdo satisfactorio.

En el orden de ideas expuesto, ¿qué avances podemos destacar? Empecemos por las señales políticas. El discurso del Secretario de Estado de los EE.UU., John Kerry, ha sido bien recibido. Ha ratificado la voluntad de su país –junto a China– de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque lo anunciado es considerado por muchos como insatisfactorio representa, como ha resaltado el Premio Nobel Paul Krugman, el ingreso a una etapa de conversaciones que incluye al principal emisor global: La República Popular China. Esto abre una ventana. Pero aún no la puerta.

De otro lado, todos los países han reconocido el trabajo del IPCC [1]–la plataforma científica premiada con el Premio Nobel de la Paz– y la contundencia de la información que ha proporcionado sobre el cambio climático, sus causas y sus consecuencias. “Nos grita en la cara”, ha dicho John Kerry. Los textos que vienen trabajándose hablan con claridad de evitar que la temperatura global aumente entre 2°/1.5° por encima de los niveles pre-industriales. El cada vez más desprestigiado “negacionismo climático” ha sufrido un nuevo –y muy duro– golpe. 

La discusión se centra ahora en cómo distribuir los costos de la mitigación y la adaptación al cambio climático, y cómo se ayudará a los países menos desarrollados en esta tarea. El famoso principio de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas”, que ha guiado las negociaciones climáticas desde la década de los noventa, se muestra más vigente que nunca. Sin embargo, lograr consensos en este campo no será nada sencillo. Los países más desarrollados han hecho uso de un bien común global –la atmósfera– afectando a todos. Ahora que ya no es posible hacerlo, sin poner en grave peligro a todos ¿cómo compensar a aquellos que anhelan niveles similares de prosperidad? Por otro lado, las economías más pequeñas tienen más dificultades para enfrentar los impactos negativos del cambio climático. Transferencias de tecnologías y recursos desde las economías industrializadas a las menos desarrolladas resultarían indispensables.

Y esto nos lleva a un último aspecto. Premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz y el ya nombrado Paul Krugman, o destacados economistas como Jeffrey Sachs, han relevado un hecho crucial: la transición hacia una economía baja en carbono es económicamente viable. Aún más, puede ser acompañada de un aumento de empleos y de múltiples ganancias de alcance local. De otro lado, siguiendo la senda del famoso Informe Stern, queda cada vez más claro que los costos de no actuar son mucho mayores y aumentan conforme se retrasan las medidas, como destacó el Presidente del IPCC, Rajendra K. Pachauri. Debemos recordar que la negociación ambiental global para la reducción de sustancias agotadoras de la capa de ozono logró un mayor consenso y éxito gracias a los costos razonables del cambio tecnológico que demandaba.

En lo que concierne a los acuerdos, estando a horas de culminar la COP 20, es evidente que quedarán muchos temas pendientes. La decisión que se apruebe puede llegar a contener los elementos del borrador del texto a negociar –y acordar– en el 2015. También se logró asegurar para el Fondo Verde 10 mil millones de dólares de los 100 mil necesarios para el 2020. Avances limitados se han logrado en otros campos de la negociación (REDD+, mecanismos de supervisión, adaptación, etc.).  Pero no podemos hacer un juicio comprensivo sin contar con el documento final.

Unas líneas finales sobre la agenda nacional. El Perú –una economía pequeña– contribuye muy poco (menos del 1%) a las emisiones globales. Las principales fuentes son la degradación de las tierras forestales (40.9%) y la energía (28.2%).  Pero los problemas de eficiencia –en la producción y consumo de energía, en el transporte público – brindan significativas oportunidades de mejora, en la transición hacia una economía baja en carbono. 33 proyectos priorizados en el denominado PLANCC [2] son un ejemplo de ello. La adaptación es, no obstante, la principal preocupación. El Perú es un país altamente vulnerable al cambio climático (aunque hay decenas de países insulares, en una situación mucho más grave, por su vulnerabilidad al aumento del nivel del mar). La adaptación demanda políticas públicas de gran complejidad, de carácter territorial y multisectorial. La debilidad del Estado, la ausencia de una infraestructura institucional orientada a la planificación territorial, la gran informalidad y las actividades delictivas son obstáculos formidables para esta tarea.

En el contexto de la COP 20, el gobierno peruano ha anunciado la firma de compromisos de cooperación, el desarrollo de algunas políticas vinculadas al manejo forestal, la recuperación de 3.2 millones de hectáreas de tierras degradadas en el marco de la Iniciativa 20 x 20 (20 millones de hectáreas recuperadas al 2020 por los países latinoamericanos, una superficie equivalente al área que ocupa Uruguay), una mayor contribución de las energías renovables en su matriz energética (en particular en la energía eléctrica). Queda la sensación, sin embargo, que se pudo aprovechar mejor este momento para la política interna. Pero el contexto económico –y político– no ha ayudado. No pueden ocultarse las incoherencias de las decisiones medioambientales domésticas, cuestión que sin embargo no han sido privativas ni de este gobierno, ni constituyen un asunto ajeno a los demás países participantes de la COP 20.

¿Hay motivos entonces para mantener el optimismo? Sí. Pero las razones que lo sostienen se vinculan a procesos de mediano plazo que requieren de tiempo para madurar. El problema es que tiempo es precisamente lo que se tiene cada vez menos. De otro lado, las presiones internas de cada país –crecimiento económico, empleo, competitividad comercial– seguirán haciendo cautos los anuncios y compromisos de los estados parte. Optimismo climático precario pero con oxígeno para llegar a la COP 21 en París.

[1] El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático o IPCC por sus siglas en inglés, es el organismo que evalúa de manera objetiva, abierta y transparente la información relevante sobre el cambio climático y proporciona asesoramiento científico para la Conferencia de las Partes (COP).

[2] El proyecto Planificación ante el Cambio Climático es un proyecto multisectorial que tiene como objetivo principal construir las bases técnicas y científicas para un desarrollo “limpio” o “bajo en carbono” e incorporar el enfoque de cambio climático en la planificación del desarrollo del país.

 

* La Asociación Civil Politai agradece a Iván Lanegra, docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú y exviceministro de Interculturalidad del Ministerio de Cultura, por publicar su comentario en este medio. La Asociación no comparte necesariamente las opiniones del autor.

 

 

 

 

 

   

 

 

 
 
 
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