Opinión

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Desarticulación, personalismo y desafección política
Paula Muñoz
19 de octubre de 2014

Los resultados preliminares de las Elecciones Regionales y Municipales 2014 no presentan, en términos generales, grandes sorpresas. Constatamos más bien que tendencias observadas en el 2010 continúan. Primero, por más que algunos hayan hecho el esfuerzo de presentar candidaturas, los partidos siguen perdiendo elecciones frente a los movimientos regionales. Aquí lo interesante será tal vez contestar, luego de la segunda vuelta y teniendo resultados electorales definitivos, si los partidos pierden más que en ciclos anteriores o no.

Segundo, como enfatizamos en el 2010, lo más llamativo de las elecciones subnacionales peruanas no es tanto la fragmentación per se –podría haber dispersión del voto dentro de cada distrito electoral con un sistema partidario de seis partidos políticos- sino el elevado grado de desarticulación de la oferta política [1]. En otras palabras, los resultados confirman el grave problema de agregación partidaria que tenemos, tanto a nivel nacional como regional. No solo tenemos, en términos comparados, una inaudita disociación de la política regional y nacional, sino que tenemos un elevado grado de inestabilidad de la oferta electoral. Los candidatos (a gobiernos distritales, a provinciales y regionales, al Congreso) cambian con frecuencia y de forma oportunista sus afiliaciones políticas y son muy pocas las organizaciones con representación territorial que se consolidan en el tiempo. No tenemos agregación partidaria estable ni siquiera a nivel regional y esto se expresa en los resultados electorales.

De hecho, estas elecciones confirman la dificultad que tienen también los movimientos regionales para consolidarse como asociaciones políticas duraderas con una estructura orgánica estable más allá de la capital departamental. Como sostiene Mauricio Zavaleta, la mayoría de organizaciones que compiten en elecciones regionales son “coaliciones temporales de políticos independientes” antes que partidos regionales. Lamentablemente, en este proceso vemos incluso retrocesos electorales en casos atípicos de partidos regionales más consolidados identificados por Zavaleta, como el de Nueva Amazonía (San Martín). Esperemos que solo en esta elección, Nueva Amazonía tenga problemas para competir sin su líder. Teniendo a César Villanueva fuera de carrera, el movimiento queda quinto en la regional con 14.68% del voto popular y gana solo 2 de 10 alcaldías provinciales. Casos de movimientos menos consolidados organizativamente, como Arequipa, Tradición y Futuro logra pasar a la segunda vuelta luego de que las autoridades no permitieron la renuncia y postulación del congresista Falconí; gana 2 alcaldías provinciales pero deja de presentar candidatos en 2. Salvo Chim Pum Callao, vemos un retroceso en la consolidación de otros movimientos regionales cuando compiten sin su caudillo. Finalmente, vale la pena destacar que Alianza Para el Progreso es el que parece consolidarse más como un partido regional en dos departamentos del norte, como La Libertad y Lambayeque, antes de como partido nacional.

Pero, si los partidos nacionales pierden y los movimientos regionales no se consolidan como organizaciones regionales duraderas, ¿quién gana estas elecciones? A mi modo de ver, estas elecciones las ganaron el localismo y el personalismo, ambos muy afianzados en la política peruana. Por un lado, observamos la consolidación del localismo y las agendas meramente locales lanzadas por los candidatos para ganar las elecciones. Ambas son la contraparte de la dificultad de agregar políticamente la oferta electoral en organizaciones partidarias. Así, en una gran cantidad de casos no se piensa y no se plantean proyectos para las ciudades y departamentos, sino agendas puntuales y promesas de obras destinadas a poblaciones específicas. Por otro lado, desde San Isidro a Lima, Piura, Ayacucho y un largo etcétera, las campañas siguen siendo bastante personalistas. Los candidatos venden su imagen personal y los electores evalúan trayectorias, características y capacidades personales, así como la credibilidad personal de los candidatos y sus promesas antes que las de  agrupaciones o colectivos. Tal vez el mejor ejemplo de esto sea el impresionante incremento del voto por el APRA, perdón, por Enrique Cornejo en la última semana del proceso electoral, luego de que los limeños lo escucharan en el debate.

Un último punto que tampoco es novedad pero vale la pena resaltar es cómo la política subnacional sigue siendo esencialmente masculina. La participación de mujeres como candidatas sigue siendo bastante baja en elecciones subnacionales a pesar de la ley de cuotas[1]. Pero el tema no queda acá. El apoyo electoral a candidatas mujeres cabeza de lista (candidatas a alcaldía y presidencia regional) es también extremadamente desalentador en este proceso. Yamila Osorio (Arequipa, Tradición y Futuro) -consejera regional en funciones, abogada y ex reina de belleza- es la única mujer que aún disputa su llegada a la presidencia regional en este proceso. Una revisión de los resultados a nivel provincial y distrital se hace necesario pero, temo, confirmará también esta tendencia.

Para finalizar este balance quisiera plantear un tema de fondo que acompañó las campañas y que, en mi opinión, continuaremos observando en los próximos años. Luego del asesinato de Ezequiel Nolasco en Áncash y la oleada pro control que siguió después, se visibilizó un problema que se ha profundizado en los últimos años: la debilidad del aparato estatal peruano. Si bien los escándalos de corrupción y abuso de poder en las regiones han hecho que los medios y autoridades dirijan todas sus críticas sobre los gobiernos regionales y locales, los casos muestran que lo que tenemos es una crisis creciente de legitimidad del Estado peruano en su conjunto. Los problemas de corrupción y de la descentralización no pueden comprenderse sino en el marco de un Estado nacional que no ha venido cumpliendo sus funciones mínimas adecuadamente.

Si la corrupción se ha vuelto un problema intolerable en los últimos años, ha sido porque los órganos encargados de supervisar y controlar a las autoridades electas no han cumplido su labor. Diferentes dependencias del Estado nacional han sido cómplices, por omisión o colusión, con la expansión y “descentralización” de la corrupción. Esta crisis de capacidad estatal afecta especialmente a los órganos sistema de administración de justicia, sistemas de control y fiscalización. Es decir, a instituciones encargadas de velar por las funciones “mínimas” de un Estado liberal como lo son regular la vida social, garantizando el orden jurídico y la seguridad de los ciudadanos. No se puede entender la corrupción, ni tampoco la emergencia de un claro caso de autoritarismo subnacional (Áncash) sino en este contexto de extrema debilidad estatal que va más allá de las capacidades técnicas de los órganos de gobierno subnacional. El Estado peruano ha sido débil siempre: ha tenido, en términos de Mann, poco poder infraestructural. Pero el crecimiento de la economía de estos años que acompaña al boom fiscal ha empoderado a actores privados vis á vis al Estado. Estos actores privados entran en conflicto de forma creciente con la autoridad estatal que pugna por regularlos. Nuestro Estado hace agua, sea por incapacidad para hacerles frente de forma efectiva (por contar con poca presencia territorial) o porque sus funcionarios son cooptados. Juan Pablo Luna y Andreas Feldman han calificado a este Estado peruano desbordado como “Estado anémico”.

Aparejada a esta crisis de capacidad y legitimidad estatal se expresa algo en el último proceso electoral que me preocupa: el aparente crecimiento (o reavivamiento) de opciones políticas extremadamente pragmáticas e iliberales. El fracaso rotundo del Estado peruano para cumplir con sus funciones básicas -como hacer cumplir las leyes, velar por la seguridad, administrar justicia y evitar la impunidad- distancia cada vez más a nuestra ya desconfiada ciudadanía. En un contexto con más dinero, pero también corrupción ubicua e impunidad generalizada, un sector creciente de la ciudadanía se convence de que no es posible romper el círculo vicioso de la política corrupta. Y, por su parte, varios candidatos, recorridos e improvisados por igual, aprovechan este sentimiento de profunda desconfianza y alienación ciudadana para tratar de ganar votos. El resultado es un preocupante afianzamiento electoral de opciones políticas extremadamente pragmáticas e iliberales que conjugan a candidatos que “roban pero hacen obra”, prometen mano dura contra el crimen, pero también a los que abiertamente prometen intervenir para evitar que el Estado haga cumplir la ley y sus funciones, como ha sido más notable en casos como los candidatos de los mineros informales en Madre de Dios y en Puno con Walter Aduviri. Este último incluyó como parte de sus propuestas de campaña detener los operativos anti contrabando e informalidad de Aduanas y la SUNAT.

Relacionados con esta alarmante legitimación de opciones políticas anti-estatales e iliberales se encuentran los eventos de violencia durante el proceso y la jornada electoral que cobraron varias víctimas mortales. Estos eventos muestran que la competencia electoral se ha llevado a la violencia y varios actores políticos no están dispuestos a acatar las reglas del juego democrático, incluyendo los que perdieron. El afianzamiento de esta opción iliberal constituye tal vez, a mi modo de ver, la mayor novedad de este último proceso. En un país con ciudadanos alienados de la política e instituciones estatales que no funcionan, la mezcla puede ser explosiva. Espero que me equivoque.

[1] Muñoz, Paula  y García, Andrea. 2011. "Balance de Las Elecciones Regionales 2010: Tendencias, Particularidades Y Perfil de Los Candidatos Más Exitosos". En: El Nuevo Poder En Las Regiones. Análisis de Las Elecciones Regionales Y Municipales 2010. Lima: Departamento de Ciencias Sociales - PUCP, 8–17.

[2] Reporte N° 2 de la Serie Elecciones Regionales y Municipales 2014. INFOgob, Jurado Nacional de Elecciones. http://www.infogob.com.pe/Reportes/erm2014/reporte%202%20ERM2014.pdf.

*La Asociación Civil POLITAI agradece a Paula Muñoz (Universidad del Pacífico), por publicar su comentario en este medio. La Asociación no comparte necesariamente las opiniones del autor.

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 
 
 
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