Opinión

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Politólogos
Eduardo Dargent
12 de octubre de 2014

En estos días he leído de todo en las redes sociales sobre los politólogos. Luego de que varios politólogos señaláramos que antes de acusar a los ciudadanos de corruptos o manipulados había que explorar las razones que dan forma a sus preferencias electorales, se iniciaron una serie de críticas que se apartaron progresivamente del tema del voto y su racionalidad para terminar acusando a la disciplina y a todos los politólogos: no estudian el poder, son complacientes con el mismo, no condenan la inmoralidad, raspan la superficie de una realidad que apenas describen, ignoran que las preferencias electorales se construyen por influencias poderosas y experiencia histórica, no proponen soluciones a los males del país, entre otros comentarios. Algunos comentarios, como uno de Jorge Frisancho [1], están fundamentados y apuntan a temas importantes, aunque discrepe con sus conclusiones. Otros son simplemente  groseros, como cuando la historiadora Cecilia Méndez denomina “innoble carrera” a la ciencia política [2]. No sé qué institución la habrá facultado para expedir títulos de nobleza.

No me interesa en este post debatir el tema del voto. Con sinceridad, creo que hay más diferencias de lenguaje que de fondo, y ellas, además, se basan más en el desconocimiento sobre la literatura de los determinantes del voto que en reales desacuerdos. Quienes quieran adentrarse en esa discusión pueden encontrar fácilmente los artículos y comentarios y sacar sus propias conclusiones. El tema que me interesa aquí, en realidad, es la agresividad y descalificación contra una disciplina y sus practicantes. Quiero criticar esa caricatura que va quedando sobre una ciencia política que no estudia el poder ni le importa la historia, un muñeco de paja al que se puede golpear con facilidad. “Los Politólogos” es una entidad medio mitológica creada en base a algunas columnas de opinión y muchos prejuicios. Lo que abunda en los comentarios es una ausencia crucial: no se encuentra ni remotamente referencias  a trabajos de ciencia política ni a publicaciones de “los politólogos”.

Sería estupendo que los críticos empezaran por ahí. Pero es mejor apoyarse en una caricatura. Un buen amigo académico, de quien tengo el mayor respeto, me escribió aclarándome que él si creía que la historia y la cultura podía influir en el voto. Que las preferencias electorales, proseguía, podían estar influenciadas por actores poderosos con capacidad de manipular. Mi respuesta sorprendida fue ¿y quién no cree eso? ¿Cómo entender que la diferencia a favor de Castañeda entre votantes no interesados en la política y los interesados sea casi 30 puntos sin hacerse ese tipo de preguntas? ¿Cómo evaluar el voto por Gregorio Santos sin considerar la experiencia histórica de Cajamarca con la minería y factores vinculados a las actividades económicas en la región?  Y, sin embargo, mi amigo consideró creíble la caricatura. Estas generalizaciones entonces son injustas con colegas y, especialmente, alumnos y exalumnos de la disciplina y por eso creo pertinente decir algo. Sino, contribuimos al mito.

Aunque resulte absurdo aclararlo, los politólogos sí miramos el poder y la historia para entender la realidad. El poder, la historia, las trayectorias de largo plazo, la comparación entre Estados para entender sus particularidades y similitudes, están muy presentes en la disciplina. Algunos ejemplos. Quienes estudian la realidad desde la economía política  parten del poder económico y el control de recursos para entender las fuerzas que determinan la política. ¿Es casual que el sur votase más por Humala y las regiones costeras, donde el modelo económico tiene más impacto, mucho menos? Por su lado, quienes miran las instituciones formales e informales como mecanismos que reflejan el poder, con ganadores y perdedores, evalúan cómo las reformas y cambios legales pueden crear grupos de apoyo electoral a ciertas políticas y también oponentes a las mismas. Un tema central al evaluar el peso de la informalidad en la política peruana. Y quienes investigan sobre redes clientelares se fijan, precisamente, en disparidades de poder local y en la asimetría de recursos materiales para entender por qué la democracia no siempre logra el bienestar general.

Entre los politólogos y politólogas del Perú estos temas y énfasis están muy presentes. Hay estudios muy interesantes de Francisco Durand sobre poder empresarial, especialmente los cambios producidos en el Estado y empresas tras las reformas del noventa. Carlos Meléndez ha estudiado los conflictos regionales en un contexto de crecimiento económico y descentralización. Cecilia Perla ha mirado las empresas extractivas y su relación con las comunidades aledañas, así como su impacto en la relación Estado-Comunidad. Alberto Vergara ha comparado Perú y Bolivia desde los años cincuenta para entender el surgimiento de clivajes regionales. Maritza Paredes (socióloga que trabaja temas políticos) tiene una tesis brillante sobre la forma en que Chile desarrolló un Estado fuerte en siglo XIX utilizando sus recursos minerales mientras que Perú y Bolivia no. Hay trabajos en curso de Arturo Maldonado sobre emociones y voto. La tesis de Paula Muñoz ha ganado el premio a mejor tesis doctoral el 2013 de la sección de democratización comparada de la American Political Science Association, discutiendo el clientelismo electoral en el Perú.  Stephanie Rousseau evalúa el impacto de la desigualdad en el trato que el Estado brinda a la ciudadanía. Entre muchos otros. En varios de esos análisis se mira el caso peruano desde el largo plazo: Velasco, la violencia, la crisis económica, las reformas de mercado, temas sin los cuales no podemos asir adecuadamente lo que es el Perú hoy.

Nuestros alumnos y exalumnos  tampoco encajan en las caricaturas. No solo quienes ya trabajan en el Estado, municipalidades, ONG’s, empresa privada o prensa aportando una mirada distinta a la de otras profesiones. También los que se inician en la investigación con ideas creativas y relevantes. El Estado, un tema que no estaba entre los favoritos en ciencias sociales y la historia peruana, es ahora analizado por diversos estudiantes en sus tesis. Y temas muy diversos también. Recientemente Paloma Bellatín, por ejemplo, ha presentado una tesis brillante sobre las razones históricas y organizativas detrás del relativo éxito de un partido pequeño en el Cuzco rural. Un ex alumno, Paolo Sosa, mira el impacto de los precios internacionales y el cambio en el poder en la sociedad rural para explicar las revueltas campesinas de los años cincuenta en La Convención. Daniel Encinas, otro exalumno, explora los factores estructurales y de balance de poder regional para entender la caída de la democracia en el Perú en los noventa y su resistencia en otros países de la región. Luis García y Esteban Valle Riestra vienen analizando el efecto del boom de la construcción sobre el surgimiento de sindicatos ilegales y los límites del Estado para controlarlos. Manuel Figueroa ha investigado la acción de grupos de interés en la Comisión de Energía y Minas del Congreso. De otro lado, asesoro una tesis en la que Viviana Baraybar discute cómo el boom de recursos tiene impactos distintos en Colombia y Perú al nutrir de recursos a los desafiantes del Estado. Yamilé Guibert presenta una explicación centrada en el reformismo militar para entender el cambio de leyes electorales en 1963. Hablo desde lo que veo de cerca en la PUCP, pero también he conocido a estudiantes de otras universidades inmersos en trabajos interesantes y de calidad. En fin, soy un profesor orgulloso de la calidad de trabajo de mentes talentosas en esta disciplina, personas en formación que viven su oficio con pasión y seriedad; que son diversos y en ningún sentido pusilánimes ante las injusticias de nuestro país. Investigadores que presentarán resultados que ayuden a comprender mejor estos fenómenos, primer paso para evaluar cómo enfrentar dichos problemas. Que llamen innoble a su profesión no merecería respuesta si no fuera tan grande la irresponsabilidad.

A los críticos exaltados: muchas gracias por explicarnos los tres enfoques del poder de Lukes, pero ya los conocemos.  Más bien, lean algo más que columnas de opinión, posts y tuits. A los críticos de buena fe: conversemos y discrepemos. Quienes hemos conocido los animados debates entre politólogos con antropólogos, profesores de estudios críticos, historiadores, comunicadores, entre otros, sabemos que esas diferencias siempre estarán presentes. En esas discrepancias muy probablemente no encuentren un frente unido de politólogos, más bien bastante pluralidad con discrepancias claras entre nosotros. Pero como colega de varias personas haciendo investigación de calidad sobre temas que ni se miraban cuando no existía la ciencia política en el Perú y, de otro lado, como orgulloso profesor de politólogos talentosos me parecía importante decir algo ante el maltrato gratuito de los últimos días.

[1] Jorge Frisancho. “Los peruanos no son estúpidos” (y otras miserias de la politología)”. Útero. 11 de octubre de 2014. https://redaccion.lamula.pe/2014/10/11/los-peruanos-no-son-estupidos-y-otras-miserias-de-la-politologia/jorgefrisancho/

[2] Cecilia Méndez. “Mi (idiosincrática) evaluación de las Elecciones Municipales y Regionales 2014”. https://www.facebook.com/notes/cecilia-m%C3%A9ndez/mi-idiosincr%C3%A1tica-evaluacion-de-las-elecciones-municipales-y-regionales-2014/10203684382403224. 

 

* La Asociación Civil Politai agradece a Eduardo Dargent (Pontificia Universidad Católica del Perú) por publicar su comentario en este medio. La Asociación no comparte necesariamente las opiniones del autor.

 

 

 

 

   

 

 

 
 
 
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